viernes, 15 de diciembre de 2017

un caramelo de naranja

Organizaste un lanzamiento de impresoras demoníacas desde acantilado. Hace unos diez años de esto, te da un poco de vergüenza ahora que alguien lo menciona en un colectivo y vos sos un gordito vestido de marrón y gris, transpirando a las ocho de la mañana, yendo a trabajar un domingo. El lanzamiento no fue lo que esperabas, te acordás, tu ojo agudo para la ridiculez te inspira estas creaciones para terminar saboteándolas. Suspirás a escondidas. Justo venís reflotando en estos días tu analogía con los caramelos, vos sos un caramelo de naranja, y eso no es nada bueno. Vas conversando con tu amigo y una chica que tu amigo se encontró, ella quedó maravillada con el lanzamiento de impresoras y te hace preguntas, vos sentís un poco de vergüenza de esa que te hace transpirar pero en un momento te relajás. No, las impresoras no se desarmaban, cuando caían hacían ruido, un ruido decepcionante, la mayoría ni se rompieron. No sé cuántos metros pero era como un segundo o tercer piso de un edificio. Y sí, fue triste porque queríamos vengarnos. Igual estuvo bueno, sabíamos que las impresoras eran mediocres para imprimir, pero ahí descubrimos que eran máquinas capaces de resistir grandes impactos. La chica se ríe, tu amigo también y a una señora seria se le escapa una sonrisa que parece no corresponder a su cara. Frutilla, manzana y menta con chocolate. Sí claro, limpiar todo después era una parte fundamental, y fue mucho más fácil de lo que esperábamos, había gente muy exagerada, uno había llevado una aspiradora inalámbrica que obvio fue innecesaria pero pusimos a funcionar para ver qué pasaba, eso también fue interesante, un hombre aspirando el suelo al aire libre.
En unas horas iba a subir mucho la temperatura, saber eso te angustiaba, saber eso era peor que estar soportando el calor. Podías predecir varias cosas que iban a pasar. Primero, ibas a caer bien a los demás pero nadie iba a creer que podías hacer bien tu trabajo. Ganarte el respeto de todos esos drf de mentol iba a ser una cuestión de un par de horas. El calor fatal, las esperas interminables con tierra volando, una sensación de sequía apocalíptica. Para el final del día ibas a estar respondiendo preguntas sobre problemas con celulares, y hasta arreglando alguna compu ahí mismo a cambio de una cerveza y unas empanadas. Eso te gusta, ese ablande de la gente del rock frente a quien sabe en serio de computadoras.
Mirás unas nubes que se fueron acumulando y parece que les estás rezando, el hombre de dientes violetas que tenés en frente se ríe. No te ilusiones con la lluvia gordo, que se te hace más largo. Con vos nunca usan sus códigos cancheros, y siempre te dicen gordo, aunque no seas tan gordo.
Hace calor, te vas a uno de los puestos a comprar una gaseosa. Te topás con una nena de seis o siete años que tiene la facha de quien patea la calle de nacimiento, hace un contacto visual que es una súplica que te come, vos desviás la mirada porque por suerte un hombre disfónico te está atendiendo. Le pedís una gaseosa de pomelo y un segundo después te corregís y le pedís dos gaseosas de pomelo, y señalás a la nena. Cuando volvés a mirarla ves que está tratando de esconder una botellita que otra persona le había comprado. Volvés a corregirte, gaseosa sólo para mí, a ella ya le dieron. Irrumpe la madre de la nena preguntando al disfónico si pueden cambiarla por una coca cola, pero dice que coca no hay. Vos quedaste  soportando un peso extra que no querés admitir. Las dos te miran acomodar la plata en la billetera y te morís de vergüenza, se te arma una tonelada de algo pinchudo que tenés que sostener. Avanzás unos pasos en actitud de huida y por fin parás y las invitás unas hamburguesas. Terminan los tres comiendo en la misma mesa, sin conversar demasiado, hay una tonelada de algo pinchudo que los separa. 
Escuchás que empieza una prueba de sonido y te alarmás, tendrías que estar ahí. Caminás muy rápido, sentís una rareza refrescante en el aire, y justo cuando llegás pasa algo medio mágico.
Suena un trueno glorioso, es uno solo pero tan fuerte que paraliza todo. El sol está ahí, lo podés ver completo cuando empieza de golpe una lluvia densa, un apocalipsis tropical. Fizz de uva se acerca negando con la cabeza. Tu dios te escuchó gordo. Los mentoles se mueven por el escenario como reptando, desconectan, desmantelan, son hormigas marabuntas. El clima recrudece a la vez que mejora tu humor, tenés un momento de paz.   
Volvés en un colectivo atiborrado de gente, concentrándote en mantener tu postura. Con un movimiento mínimo podrías romper la configuración eficiente que adoptó la masa humana que forman entre todos. Afuera ya dejó de llover, entra una brisa agradable arrastrando olores vegetales. En la primera parada importante baja la mayoría, te desplomás en un asiento y abrís bien la ventanilla, te quedan cincuenta kilómetros de adormecerte con perfumes de la naturaleza.
Te despertás violentamente como de una pesadilla, estás en medio de la ciudad y el aire ya no es el mismo. Suspirás y pensás en caramelos otra vez, pensás cuál es el caramelo más raro que probaste justo cuando sube al colectivo un hombre corpulento de alegría psicópata cargando una impresora. 

un embeleso hombre - máquina

Iba a una festividad del pentecostés, eso nos dijo. Un domingo nublado a la tarde, calles desiertas, no sé si habría un partido de fútbol importante o qué, él esperaba un colectivo que iba a llevarlo a una festividad del pentecostés. Estaba tan contento, su cara rara se reinventaba en muecas diversas de alegría. Su voz de articulación pegoteada se nos hizo insistente, tratamos de conversar pero desbordaba un entusiasmo que anulaba cualquier intento de comunicación. No pudimos hacer otra cosa que escapar cruzando la calle. Habíamos salido a caminar, íbamos a ninguna parte pegando calcomanías en postes y puertitas de medidores de gas hasta que nos topamos con esa situación. Tengo que decir que fantaseé con tomar el colectivo y caer en la festividad del pentecostés escoltando al hombre contento, cantando juntos. Por el momento lo mirábamos desde en frente, fascinados y afinando los sentidos, con esa concentración animal de la inminencia del peligro. Vimos la misma escena pasarle a otros dos, unos chicos grandotes, serios, de caminar robótico que ocupaba mucho espacio. El hombre contento, exaltadísimo, les compartió su devoción y los chicos serios tuvieron un sobresalto que trataron de disimular, por unos pasos perdieron su estilo robótico y fueron marionetas gigantes de goma. Recién ahí prestamos atención al contenedor lleno de muebles viejos a unos metros nomás, nos pareció un tesoro. Vos al instante sacaste el celular para llamar a tu hermana y que se viniera con la camioneta pero yo te detuve, me había acercado y veía en realidad poco material rescatable, mucha rotura y podredumbre. Con un análisis más profundo decidimos que lo único que valía la pena eran dos mesas de luz. Hasta donde podíamos ver estaban impecables, pero algo más nos había atraído, un color turquesa maderoso, opaco, con vetas perfectas de instrumento musical. Nos obsesionamos. Empezamos a mover los demás muebles, o pedazos de ellos, con mucha energía y poco método, eran pesados y nos lastimaban las manos. Nos rendimos en simultáneo, nos miramos y después miramos en una misma dirección, miramos al hombre de la festividad del pentecostés. Alto, corpulento, lleno de emociones positivas. Yo dudé, te dije: no es como aprovecharse? Vos te reíste de mi ingenuidad y lo fuiste a buscar, sos hábil con las personas. Vi que hacías eso de agarrar suavemente su brazo, sé que eso puede ser muy fuerte. Le hablaste con dulzura, pausadamente, y al minuto los dos caminaban para el contenedor con sonrisas amplias que se parecían muy poco. Sin palabras esta vez nos pusimos a trabajar, de nuevo con mucha energía y poco método pero ahora funcionaba, el hombre pentecostés tenía una fuerza sobrenatural. Lo guiaste con indicaciones simples, él acataba sin hacer contacto visual, sin hablar, era una bestia encantada que te obedecía. Tuve un escalofrío, pensé que si quería nos podía aplastar. Ya no faltaba nada para acceder a las mesitas de luz cuando él descubrió que en el fondo del contenedor había una impresora. Ahí lo perdimos. No supimos qué lo llevó a ese cambio de planes pero sí entendimos que se había entregado plenamente a la liberación de la impresora. Se volvió más fuerte y desprolijo, un monstruo lleno de vitalidad del que tuvimos que alejarnos unos pasos, un campo de violencia lo rodeaba. Sacaba maderas que iba tirando a la zona ya despejada de las mesitas, y así quedaron sepultadas otra vez. Cuando agarró la impresora lo hizo como si fuera una criatura que rescataba, con ternura, tomándose un tiempo especial. Después entró en un embeleso hombre - máquina que fue interrumpido repentinamente, su expresión súbita fue la de un animal percibiendo frecuencias sobrehumanas. Miró para la calle en el momento justo en que asomaba el colectivo doblando por la esquina, no estamos de acuerdo en qué es lo que dijo antes de salir corriendo y subir. Quedamos perplejos en medio de los restos, amargados con el destino de las mesitas, imaginando al hombre llegar emocionado a la festividad del pentecostés cargando una impresora.          

martes, 26 de septiembre de 2017

un tremendo esfuerzo empático

Mirás fijamente uno de los cuadros de la habitación preguntándote por la persona que lo eligió. Te pasa eso con los cuadros de hotel, en algún momento la imagen deja de importar como tal y cobra la función nueva de sugerirte un retrato. Hay ruidos que vienen de habitaciones vecinas, puertas, camas, ruidos de maderas añejas que aprendieron a sonar muy bien pero no te distraen, alcanzaste un nivel cercano al trance. Mirás fijamente a través del cuadro a una persona que armás con más capricho que deducción. Es alguien comprometido con su tarea de selección de los cuadros pero no desde el marketing, no hay un cálculo de huésped satisfecho. Hay instinto, hay emociones, hay un tremendo esfuerzo empático. Suena tu celular, eso sí te desconcentra, siempre, y reaparece ante tus ojos una escena de playa. Es cálida y la paleta de colores la vuelve un poco infantil. También es melancólica, hay reposeras y sombrillas, es un día soleado pero no hay gente.  
Antes el viaje, te acordás de una atmósfera pasteloide como la del cuadro, medio soñada capaz, y que duró poco. El grueso del recorrido había sido de un gris semioculto, un gris que había colonizado al resto de los colores pero no plenamente. Llegaste a creer que el gris te hacía descomponer. Caballos, vacas, ovejas, chanchos, los arbustitos secos que parecían esculturas, todo de ese material grisáceo, pastos esféricos. No hiciste otra cosa que seguir por la ventana esa película que nunca terminaba y nunca te aburría. Llegado el mediodía habías pensado, inevitablemente, en otro tipo de mediodía.
Miércoles doce y veinte, miraste la hora y tomaste tu pastilla, después te reclamaste algo como un superpoder, una herramienta que en serio ordenara tus tiempos. En medio de ese estrés un pensamiento fugaz de las ocho horas de viaje diurno en colectivo programado para el viernes. Un poco de bamboleo mental con promesas de migraña. Esas ocho horas de nada vistas desde el miércoles al mediodía estaban lejos de ser un oasis de descanso y relajación, eran algo que también había que sobrevivir, que ameritaba otro reclamo de un superpoder distinto.
Habitación 110 dijo la mujer y movió los ojos como un lagarto, te entregó una tarjeta llave, un control remoto y un papel con una clave de wifi de doce caracteres que no formaban ninguna palabra ni serie numérica lógica. Sonrió mamíferamente y agregó que el desayuno se servía de siete a once. Subiste la escalera, tenía un olor desagradable a alfombra recién aspirada y cuando entraste a la habitación detectaste un desinfectante agresivo que hasta podías sentir en la piel de la cara como una irritación. En el baño una faja de papel cerraba el inodoro con la inscripción “desinfectado”, te reíste, la exageración en la limpieza te parece algo absurdo, y esto otro, ponerle título, bueno te excede. Después te topaste con el cuadro y te dejaste hipnotizar.
Tomaste la pastilla? No la habías tomado, qué desastre. Vas a tener que poner la alarma del celular otra vez porque no podés arriesgarte con esto. Odiás la alarma del celular que te avisa de la pastilla, la tenés por un tiempo y la sacás, cambiás de una opción a la otra según tu desempeño memorístico. Ahora te entristecés. Tomar una pastilla que te salva la vida de a un día es casi siempre una actividad mecánica, pero a veces te quiebra emocionalmente. Llamada entrante de Compay Segundo, te avisa que te espera abajo en recepción, que ya tienen que ir saliendo o llegan tarde.
Volvés al hotel sintiéndote un rumiante en desarraigo, tu estado de agotamiento es más mental que físico. Conocer gente te cansa, tener que explicar y convencer de cosas en las que no creés a gente nueva te resulta horroroso, pero es parte de tu trabajo. Otra llamada de Compay. No, no querés salir a dar una vuelta ni a tomar algo ni nada, querés descansar, gracias. Sí, estás bien, no hay de qué preocuparse. Los que saben que tomás tu pastilla diaria suelen involucrarse demasiado, Compay Segundo hasta te sermonea, así hay varios. Te diagnostican, te ordenan relajarte, cambiar algunos hábitos, vos te indignás en un silencio de superación que tampoco te es cómodo. Ellos están tan atrapados en sus estilos de vida corrosivos como vos, a lo sumo dejaron las harinas. Te resulta fantasioso.
No podés dormir, la ventana no se cierra por completo y entra una luz que se refleja en el cuadro de la escena de playa cargándolo de algo místico que te molesta, te hace querer reventar. Te levantás y lo descolgás, te lo quedás mirando de nuevo un rato. Después te vestís y salís.
La sangre diluida en agua te produce repulsión, lavás tu herida de la boca y el agua cae en el lavamanos blanco cargando un color cercano al naranja que sentís falso, de témpera. Mirás en el espejo cómo brota una gota de tu labio que se hace gorda, es espesa, oscura, y eso sí está bien. Dormir ahora te va a resultar fácil.
Suena tu celular, es casi mediodía y Compay se desespera por saber de tu paradero. Lo atendés, lo calmás, todo está en orden y estás por bajar. Lo primero que guardás en tu valija es el cuadro de la escena de playa.
Tomaste tu pastilla? No, hoy no la vas a tomar. Capaz mañana sí la tomes, pero hoy no, hay un instinto que te lo impide, sentís demasiado intensas las imprecisiones, las ridiculeces, los malentendidos, hoy no vas a tomar tu pastilla.
Compay Segundo parece tragarse toda una sarta de cosas que iba a decirte cuando te ve bajar por la escalera sobreaspirada, lo sorprende tu aspecto deforme y feliz, lo único que puede hacer es preguntarte si estás bien y vos ni siquiera tenés que responderle. Devolvés la tarjeta llave, la mujer te observa con perspicacia de reptil, mira mucho tu valija, creés ver que asiente con la cabeza, da su aprobación. Te pregunta sobre tu estadía, vos sonreís con tu cara amoratada, halagás la higiene y los cuadros de la habitación, ella se vuelve mamífera y dice con dulzura que ella los eligió.

sábado, 27 de mayo de 2017

los inventos humanos más perversos

Me levanto y pongo cartoon network, doce y media dan el dibujo que me gusta. Preparo café y me dispongo a cocinar una hamburguesa, abro la heladera, prendo una hornalla, me entrego al sonambulismo cómodo de hacer cosas que no exigen esfuerzo mental. Enseguida hay un mínimo de olor a café y comida que me habilita a reconocer mecanismos adentro mío, procesos que se activan y mueven energías en un cuerpo ahora sí del todo despierto. Se va formando una nube a mi alrededor, respiro de ese aire y mi panza suena, aporta a lo audible del embeleso. También hay morrones de colores vivos y una baba que aflora como en explosiones pero mi mente todavía duerme. Eso cambia de golpe cuando veo una cucaracha patas para arriba en lo que podría ser el centro matemático de la cocina. No creo que esté realmente muerta. La pateo y se desliza una distancia corta, sale de su estado comatoso y voltea su abdomen al suelo para avanzar en una recta perfecta hasta abajo del horno. Las cucarachas me gustan, me generan toda una gama de sensaciones, no me importa demasiado que sean capaces de sobrevivir a las catástrofes y a los inventos humanos más perversos, me fascina su cuerpo, desagradable y ridículo y remotamente tierno cuando son gordas y tienen las antenas para atrás como orejas mamíferas. Llegó la temporada de las cucarachas, pienso, y escucho el viento fuerte afuera moviendo unas ramas y pienso que llegó la temporada del viento también, y sobre todo pienso que deben ser fenómenos relacionados.
Tocan el timbre y decido no atender.
Tocan el timbre cinco horas después y decido no atender, pero me desobedezco y atiendo.
Es mi vecina con un montón de verduras de su chacra para regalarme. Esta vez recibo con gusto su vitalidad gritada, ella es alta y corpulenta y la escucho a través de las paredes cuando se enoja con sus hijos adolescentes altísimos y corpulentos y parece que mis muebles más precarios tiemblan. Le agradezco por las verduras, son también gigantes y yo digo algo sobre esto y charlamos un poco, hablamos fundamentalmente sobre insectos, le cuento de las cucarachas y de la invasión de polillas en mi alacena, me propone una fumigación conjunta y que en la alacena ponga laurel, que ella tiene, que me alcanza.
Tocan el timbre media hora después y atiendo porque sé que es ella o algún enviado con el laurel espantador de polillas pero no, es un barrendero juntando plata para hacer una choriceada por el día del barrendero. Eso interpreto la segunda vez que recita una cosa densa memorizada monótona que dice muy rápido. Lo miro, un chico que no tiene veinte años, y le digo que no tengo plata. La decepción se apodera de él un poco sobreactuadamente pero eso sí comunica algo, me desconcierta cómo repartió tan mal el esfuerzo entre las dos partes de su función, se me ocurre que puede ser una estrategia que le anduvo bien antes. No es que no le crea lo de la choriceada, tampoco es que le crea. Saluda y dice disculpas por la molestia y se va tan cabizbajo como un dibujo animado de los que veía hace treinta años, la situación cobra para mí otra intensidad y le digo: acá a dos cuadras hay un cajero automático, vamos. La expresión en su rostro es una maravilla, horrorosamente cercana al acv, agarro mi campera y mi billetera y salgo, él mira sin disimular mis pantuflas de peluche celeste. Caminamos y desconfía, está inquieto, yo trato de conversar y él es pura cautela, no nos entendemos mucho. Llegamos y no hay nadie, lo hago entrar conmigo y él no quiere, duda, al final sí entra, no abandona su estado de alerta.
Hago la transacción, la máquina me entrega la plata que le pedí a la vez que en el monitorcito aparece el dibujo de una mano verde con una flechita en la dirección de salida de los billetes, una manito verde rígida que siempre me causó gracia y entonces la imito con mi mano, hago un movimiento robótico y él no se ríe para nada.
Salimos y le doy dos billetes con el dibujo de un yaguareté. Que pases un feliz día del barrendero, le digo. Él se acomoda el pelo, agarra la plata y dice un gracias medio tímido. Por un segundo se afloja y se ríe, me dice que estoy loco y trata de devolverme los yaguaretés. Yo le digo que ni se le ocurra, que ahora son de él, que no estoy loco, que eso no es estar loco. Busco algo, un destello en sus ojos y estoy casi seguro de que él hace lo mismo conmigo. Ese es mi momento preferido del día. Después da media vuelta sin decir nada y lo veo irse moviendo la cabeza en un comienzo de digestión de esto tan raro que le pasó.
Yo vuelvo a casa, preparo café, por canal rural un aparato monstruoso arranca y digiere árboles escupiendo pedazos prolijos, parejos, es atroz, largo una carcajada, me sorprendo escuchando a la voz en off decir algo de tecnolorgía.  


domingo, 5 de febrero de 2017

características trágicas de la basura humana

Estabas en la terminal esperando un colectivo que llevaba dos horas de retraso. Mirando a tu alrededor y escuchando conversaciones te habías aprendido quiénes esperaban ese mismo colectivo, eso te entretuvo por un tiempo. Después de puro aburrimiento caminaste unos pasos hasta el buffet y te sentaste a tomar mirinda, pediste una y al rato pediste otra. Ahora empezás a arrepentirte de meter tanto líquido en tu cuerpo antes de ese viaje largo. Te acomodás para atrás en la silla, sentís una expansión agradable en tu abdomen y disfrutás el panorama desde el buffet, un poco más amplio que el anterior en los bancos feos celestes. Ves a tus compañeros de colectivo, sus maneras de enfrentar la espera, ves a la señora mayor que va y viene hablando sola, arrastra su valija antigua con mucho esfuerzo y te da lástima. Le calculás unos setenta años, cada tanto revuelve su cartera o alguna de sus múltiples bolsas buscando algo que nunca encuentra, se decepciona y mira la hora en su reloj pulsera como si fuera indescifrable, va del tedio a la desesperación y por momentos parece muy confundida. Pensás qué tan probable es que esa señora se suba al colectivo correcto y llegue al destino correcto sin olvidarse ninguna de sus cosas, sin equivocarse en nada. Un mozo levanta botellas de gaseosa, tazas y vasos de plástico, te gusta cómo los acomoda en una bandeja que sostiene solamente con las puntas de los dedos. Va hasta tu mesa y sin mirarte dice te retiro?, contestás que el vaso no por favor y notás las arrugas prominentes de su frente, hay algo de palitos de la selva en las curvas que se forman, algo de golosina. Agarrás tu vaso plástico vacío como si igual te lo fuera a sacar y te preguntás por qué te lo quedaste. Fue un impulso raro, odiás el plástico, sabés que ese vaso va a ser el mismo vaso por mil años más, sabés características trágicas de la basura humana y te amargás mucho con eso. Ves que la señora confundida está hablando con la gente, interroga, rebota de persona en persona buscando algo que no consigue. Seguiste con disimulo la constelación de rebotes que la fueron acercando hasta donde estás, te sabés en su radar cuando te mira fijo y va directo hacia vos con una decisión que te lleva a un estado de alerta. Una vez cara a cara te pide si por favor le podés prestar el teléfono que tiene que hacer una llamada. Te desconcierta y tu reacción es decir que no tenés crédito, capaz no es mentira. Ella se indigna medio infantilmente y emprende un nuevo rebote que la lleva a un hombre de los que van a tomar tu mismo colectivo, un hombre normal, grisáceo. Le hace el mismo pedido y él sí busca su teléfono y se lo ofrece. Ella no lo agarra, saca de su bolsillo un papel con un número anotado y le pide al hombre que marque. El hombre marca con un semblante de paciencia enternecedor y ahora sí la señora acepta el aparato. Habla con su hija a los gritos y llena de alegría, le dice que llega a las tres de la mañana, que la vaya a buscar. La conversación se extiende mucho más de lo que vos y otras personas de la constelación consideran razonable, hay una serie de miradas cómplices que lo indica, pero vos no querés jugar a eso, a vos te avergüenza tu falta de solidaridad con la señora y mirás para abajo, mirás sostenidamente el piso o tu vaso vacío. Odiás el plástico pero tu vida está llena de plástico. Si decís no a un vaso o una bolsa te sentís bien durante dos segundos y después te sentís imbécil, no alcanzás a convencerte de que tu actitud pueda modificar algo, está la noción de cambio que se hace de a millones de personas y a la vez un paisaje obscenamente hecho de objetos que el planeta no va a poder digerir. Es ridículo o no tenés la inteligencia necesaria. Percibís actitudes nuevas en la gente que te rodea, hay movimiento, esperanza, la señora confundida se levanta de su banco feo celeste y con emoción creciente grita tres veces que el colectivo llegó. Guardás el vaso en tu mochila y en tu camino al andén sos como un animal voluminoso tipo vaca. Te gusta el último lugar de la cola para despachar valijas, necesitás ver que tu bolso rojo quede en un lugar accesible y no sepultado y maltratado por otras cosas pesadas. Antes que vos la señora confundida da indicaciones imprecisas sobre su valija, se hace mala sangre al no ser comprendida. Por error en vez del pasaje entrega otro papel y después busca incansable en su cartera. Vos frotas suavemente tu pasaje entre tus dedos confirmando que sigue en tu mano y te da un poco de culpa tener todo tan bajo control. Justo ahí algo anda mal, un presentimiento que se adelanta muy poco al problema concreto. “Te equivocaste de día” te dice el señor de corbata señalando la fecha en tu pasaje. Vos no podés emitir palabra ni hacer ningún movimiento. La señora empatiza con vos y casi canta: pero ténganle piedad, esperamos más de dos horas. No podemos hacer nada señora. Y se suben al colectivo dejándote ahí, con tu bolso rojo plástico y tu mochila plástica con un vaso de plástico pegajoso adentro, sintiendo también el asco de que la vida te haya dado una lección tan predecible.