domingo, 5 de febrero de 2017

características trágicas de la basura humana

Estabas en la terminal esperando un colectivo que llevaba dos horas de retraso. Mirando a tu alrededor y escuchando conversaciones te habías aprendido quiénes esperaban ese mismo colectivo, eso te entretuvo por un tiempo. Después de puro aburrimiento caminaste unos pasos hasta el buffet y te sentaste a tomar mirinda, pediste una y al rato pediste otra. Ahora empezás a arrepentirte de meter tanto líquido en tu cuerpo antes de ese viaje largo. Te acomodás para atrás en la silla, sentís una expansión agradable en tu abdomen y disfrutás el panorama desde el buffet, un poco más amplio que el anterior en los bancos feos celestes. Ves a tus compañeros de colectivo, sus maneras de enfrentar la espera, ves a la señora mayor que va y viene hablando sola, arrastra su valija antigua con mucho esfuerzo y te da lástima. Le calculás unos setenta años, cada tanto revuelve su cartera o alguna de sus múltiples bolsas buscando algo que nunca encuentra, se decepciona y mira la hora en su reloj pulsera como si fuera indescifrable, va del tedio a la desesperación y por momentos parece muy confundida. Pensás qué tan probable es que esa señora se suba al colectivo correcto y llegue al destino correcto sin olvidarse ninguna de sus cosas, sin equivocarse en nada. Un mozo levanta botellas de gaseosa, tazas y vasos de plástico, te gusta cómo los acomoda en una bandeja que sostiene solamente con las puntas de los dedos. Va hasta tu mesa y sin mirarte dice te retiro?, contestás que el vaso no por favor y notás las arrugas prominentes de su frente, hay algo de palitos de la selva en las curvas que se forman, algo de golosina. Agarrás tu vaso plástico vacío como si igual te lo fuera a sacar y te preguntás por qué te lo quedaste. Fue un impulso raro, odiás el plástico, sabés que ese vaso va a ser el mismo vaso por mil años más, sabés características trágicas de la basura humana y te amargás mucho con eso. Ves que la señora confundida está hablando con la gente, interroga, rebota de persona en persona buscando algo que no consigue. Seguiste con disimulo la constelación de rebotes que la fueron acercando hasta donde estás, te sabés en su radar cuando te mira fijo y va directo hacia vos con una decisión que te lleva a un estado de alerta. Una vez cara a cara te pide si por favor le podés prestar el teléfono que tiene que hacer una llamada. Te desconcierta y tu reacción es decir que no tenés crédito, capaz no es mentira. Ella se indigna medio infantilmente y emprende un nuevo rebote que la lleva a un hombre de los que van a tomar tu mismo colectivo, un hombre normal, grisáceo. Le hace el mismo pedido y él sí busca su teléfono y se lo ofrece. Ella no lo agarra, saca de su bolsillo un papel con un número anotado y le pide al hombre que marque. El hombre marca con un semblante de paciencia enternecedor y ahora sí la señora acepta el aparato. Habla con su hija a los gritos y llena de alegría, le dice que llega a las tres de la mañana, que la vaya a buscar. La conversación se extiende mucho más de lo que vos y otras personas de la constelación consideran razonable, hay una serie de miradas cómplices que lo indica, pero vos no querés jugar a eso, a vos te avergüenza tu falta de solidaridad con la señora y mirás para abajo, mirás sostenidamente el piso o tu vaso vacío. Odiás el plástico pero tu vida está llena de plástico. Si decís no a un vaso o una bolsa te sentís bien durante dos segundos y después te sentís imbécil, no alcanzás a convencerte de que tu actitud pueda modificar algo, está la noción de cambio que se hace de a millones de personas y a la vez un paisaje obscenamente hecho de objetos que el planeta no va a poder digerir. Es ridículo o no tenés la inteligencia necesaria. Percibís actitudes nuevas en la gente que te rodea, hay movimiento, esperanza, la señora confundida se levanta de su banco feo celeste y con emoción creciente grita tres veces que el colectivo llegó. Guardás el vaso en tu mochila y en tu camino al andén sos como un animal voluminoso tipo vaca. Te gusta el último lugar de la cola para despachar valijas, necesitás ver que tu bolso rojo quede en un lugar accesible y no sepultado y maltratado por otras cosas pesadas. Antes que vos la señora confundida da indicaciones imprecisas sobre su valija, se hace mala sangre al no ser comprendida. Por error en vez del pasaje entrega otro papel y después busca incansable en su cartera. Vos frotas suavemente tu pasaje entre tus dedos confirmando que sigue en tu mano y te da un poco de culpa tener todo tan bajo control. Justo ahí algo anda mal, un presentimiento que se adelanta muy poco al problema concreto. “Te equivocaste de día” te dice el señor de corbata señalando la fecha en tu pasaje. Vos no podés emitir palabra ni hacer ningún movimiento. La señora empatiza con vos y casi canta: pero ténganle piedad, esperamos más de dos horas. No podemos hacer nada señora. Y se suben al colectivo dejándote ahí, con tu bolso rojo plástico y tu mochila plástica con un vaso de plástico pegajoso adentro, sintiendo también el asco de que la vida te haya dado una lección tan predecible.


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