sábado, 27 de mayo de 2017

los inventos humanos más perversos

Me levanto y pongo cartoon network, doce y media dan el dibujo que me gusta. Preparo café y me dispongo a cocinar una hamburguesa, abro la heladera, prendo una hornalla, me entrego al sonambulismo cómodo de hacer cosas que no exigen esfuerzo mental. Enseguida hay un mínimo de olor a café y comida que me habilita a reconocer mecanismos adentro mío, procesos que se activan y mueven energías en un cuerpo ahora sí del todo despierto. Se va formando una nube a mi alrededor, respiro de ese aire y mi panza suena, aporta a lo audible del embeleso. También hay morrones de colores vivos y una baba que aflora como en explosiones pero mi mente todavía duerme. Eso cambia de golpe cuando veo una cucaracha patas para arriba en lo que podría ser el centro matemático de la cocina. No creo que esté realmente muerta. La pateo y se desliza una distancia corta, sale de su estado comatoso y voltea su abdomen al suelo para avanzar en una recta perfecta hasta abajo del horno. Las cucarachas me gustan, me generan toda una gama de sensaciones, no me importa demasiado que sean capaces de sobrevivir a las catástrofes y a los inventos humanos más perversos, me fascina su cuerpo, desagradable y ridículo y remotamente tierno cuando son gordas y tienen las antenas para atrás como orejas mamíferas. Llegó la temporada de las cucarachas, pienso, y escucho el viento fuerte afuera moviendo unas ramas y pienso que llegó la temporada del viento también, y sobre todo pienso que deben ser fenómenos relacionados.
Tocan el timbre y decido no atender.
Tocan el timbre cinco horas después y decido no atender, pero me desobedezco y atiendo.
Es mi vecina con un montón de verduras de su chacra para regalarme. Esta vez recibo con gusto su vitalidad gritada, ella es alta y corpulenta y la escucho a través de las paredes cuando se enoja con sus hijos adolescentes altísimos y corpulentos y parece que mis muebles más precarios tiemblan. Le agradezco por las verduras, son también gigantes y yo digo algo sobre esto y charlamos un poco, hablamos fundamentalmente sobre insectos, le cuento de las cucarachas y de la invasión de polillas en mi alacena, me propone una fumigación conjunta y que en la alacena ponga laurel, que ella tiene, que me alcanza.
Tocan el timbre media hora después y atiendo porque sé que es ella o algún enviado con el laurel espantador de polillas pero no, es un barrendero juntando plata para hacer una choriceada por el día del barrendero. Eso interpreto la segunda vez que recita una cosa densa memorizada monótona que dice muy rápido. Lo miro, un chico que no tiene veinte años, y le digo que no tengo plata. La decepción se apodera de él un poco sobreactuadamente pero eso sí comunica algo, me desconcierta cómo repartió tan mal el esfuerzo entre las dos partes de su función, se me ocurre que puede ser una estrategia que le anduvo bien antes. No es que no le crea lo de la choriceada, tampoco es que le crea. Saluda y dice disculpas por la molestia y se va tan cabizbajo como un dibujo animado de los que veía hace treinta años, la situación cobra para mí otra intensidad y le digo: acá a dos cuadras hay un cajero automático, vamos. La expresión en su rostro es una maravilla, horrorosamente cercana al acv, agarro mi campera y mi billetera y salgo, él mira sin disimular mis pantuflas de peluche celeste. Caminamos y desconfía, está inquieto, yo trato de conversar y él es pura cautela, no nos entendemos mucho. Llegamos y no hay nadie, lo hago entrar conmigo y él no quiere, duda, al final sí entra, no abandona su estado de alerta.
Hago la transacción, la máquina me entrega la plata que le pedí a la vez que en el monitorcito aparece el dibujo de una mano verde con una flechita en la dirección de salida de los billetes, una manito verde rígida que siempre me causó gracia y entonces la imito con mi mano, hago un movimiento robótico y él no se ríe para nada.
Salimos y le doy dos billetes con el dibujo de un yaguareté. Que pases un feliz día del barrendero, le digo. Él se acomoda el pelo, agarra la plata y dice un gracias medio tímido. Por un segundo se afloja y se ríe, me dice que estoy loco y trata de devolverme los yaguaretés. Yo le digo que ni se le ocurra, que ahora son de él, que no estoy loco, que eso no es estar loco. Busco algo, un destello en sus ojos y estoy casi seguro de que él hace lo mismo conmigo. Ese es mi momento preferido del día. Después da media vuelta sin decir nada y lo veo irse moviendo la cabeza en un comienzo de digestión de esto tan raro que le pasó.
Yo vuelvo a casa, preparo café, por canal rural un aparato monstruoso arranca y digiere árboles escupiendo pedazos prolijos, parejos, es atroz, largo una carcajada, me sorprendo escuchando a la voz en off decir algo de tecnolorgía.