viernes, 15 de diciembre de 2017

un caramelo de naranja

Organizaste un lanzamiento de impresoras demoníacas desde acantilado. Hace unos diez años de esto, te da un poco de vergüenza ahora que alguien lo menciona en un colectivo y vos sos un gordito vestido de marrón y gris, transpirando a las ocho de la mañana, yendo a trabajar un domingo. El lanzamiento no fue lo que esperabas, te acordás, tu ojo agudo para la ridiculez te inspira estas creaciones para terminar saboteándolas. Suspirás a escondidas. Justo venís reflotando en estos días tu analogía con los caramelos, vos sos un caramelo de naranja, y eso no es nada bueno. Vas conversando con tu amigo y una chica que tu amigo se encontró, ella quedó maravillada con el lanzamiento de impresoras y te hace preguntas, vos sentís un poco de vergüenza de esa que te hace transpirar pero en un momento te relajás. No, las impresoras no se desarmaban, cuando caían hacían ruido, un ruido decepcionante, la mayoría ni se rompieron. No sé cuántos metros pero era como un segundo o tercer piso de un edificio. Y sí, fue triste porque queríamos vengarnos. Igual estuvo bueno, sabíamos que las impresoras eran mediocres para imprimir, pero ahí descubrimos que eran máquinas capaces de resistir grandes impactos. La chica se ríe, tu amigo también y a una señora seria se le escapa una sonrisa que parece no corresponder a su cara. Frutilla, manzana y menta con chocolate. Sí claro, limpiar todo después era una parte fundamental, y fue mucho más fácil de lo que esperábamos, había gente muy exagerada, uno había llevado una aspiradora inalámbrica que obvio fue innecesaria pero pusimos a funcionar para ver qué pasaba, eso también fue interesante, un hombre aspirando el suelo al aire libre.
En unas horas iba a subir mucho la temperatura, saber eso te angustiaba, saber eso era peor que estar soportando el calor. Podías predecir varias cosas que iban a pasar. Primero, ibas a caer bien a los demás pero nadie iba a creer que podías hacer bien tu trabajo. Ganarte el respeto de todos esos drf de mentol iba a ser una cuestión de un par de horas. El calor fatal, las esperas interminables con tierra volando, una sensación de sequía apocalíptica. Para el final del día ibas a estar respondiendo preguntas sobre problemas con celulares, y hasta arreglando alguna compu ahí mismo a cambio de una cerveza y unas empanadas. Eso te gusta, ese ablande de la gente del rock frente a quien sabe en serio de computadoras.
Mirás unas nubes que se fueron acumulando y parece que les estás rezando, el hombre de dientes violetas que tenés en frente se ríe. No te ilusiones con la lluvia gordo, que se te hace más largo. Con vos nunca usan sus códigos cancheros, y siempre te dicen gordo, aunque no seas tan gordo.
Hace calor, te vas a uno de los puestos a comprar una gaseosa. Te topás con una nena de seis o siete años que tiene la facha de quien patea la calle de nacimiento, hace un contacto visual que es una súplica que te come, vos desviás la mirada porque por suerte un hombre disfónico te está atendiendo. Le pedís una gaseosa de pomelo y un segundo después te corregís y le pedís dos gaseosas de pomelo, y señalás a la nena. Cuando volvés a mirarla ves que está tratando de esconder una botellita que otra persona le había comprado. Volvés a corregirte, gaseosa sólo para mí, a ella ya le dieron. Irrumpe la madre de la nena preguntando al disfónico si pueden cambiarla por una coca cola, pero dice que coca no hay. Vos quedaste  soportando un peso extra que no querés admitir. Las dos te miran acomodar la plata en la billetera y te morís de vergüenza, se te arma una tonelada de algo pinchudo que tenés que sostener. Avanzás unos pasos en actitud de huida y por fin parás y las invitás unas hamburguesas. Terminan los tres comiendo en la misma mesa, sin conversar demasiado, hay una tonelada de algo pinchudo que los separa. 
Escuchás que empieza una prueba de sonido y te alarmás, tendrías que estar ahí. Caminás muy rápido, sentís una rareza refrescante en el aire, y justo cuando llegás pasa algo medio mágico.
Suena un trueno glorioso, es uno solo pero tan fuerte que paraliza todo. El sol está ahí, lo podés ver completo cuando empieza de golpe una lluvia densa, un apocalipsis tropical. Fizz de uva se acerca negando con la cabeza. Tu dios te escuchó gordo. Los mentoles se mueven por el escenario como reptando, desconectan, desmantelan, son hormigas marabuntas. El clima recrudece a la vez que mejora tu humor, tenés un momento de paz.   
Volvés en un colectivo atiborrado de gente, concentrándote en mantener tu postura. Con un movimiento mínimo podrías romper la configuración eficiente que adoptó la masa humana que forman entre todos. Afuera ya dejó de llover, entra una brisa agradable arrastrando olores vegetales. En la primera parada importante baja la mayoría, te desplomás en un asiento y abrís bien la ventanilla, te quedan cincuenta kilómetros de adormecerte con perfumes de la naturaleza.
Te despertás violentamente como de una pesadilla, estás en medio de la ciudad y el aire ya no es el mismo. Suspirás y pensás en caramelos otra vez, pensás cuál es el caramelo más raro que probaste justo cuando sube al colectivo un hombre corpulento de alegría psicópata cargando una impresora. 

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