sábado, 8 de septiembre de 2018

el camino obvio para abajo


Envolvés fiambre y tu expresión es la de estar regurgitando. Constantemente regurgitando y un poco tratando de ocultarlo. Qué regurgitás, un profundo y no del todo admitido desencanto con la vida. Me gusta el proceso de compra de fiambre en tu almacén, me gusta cuando el cliente que está antes que yo compra mucho fiambre de distintos tipos, y también pan, y también mayonesa. Me gusta ir un sábado a las diez de la noche y encontrarme con ese panorama, no podría explicar por qué. Vos envolvés fiambre y encubrís tus regurgitaciones con un trato mínimamente áspero, al límite de la cordialidad.
Tuve un presentimiento, esa vez no me iba a gustar ir a tu almacén. Era un domingo parejo en su clima gris de llovizna que mantuvo el día oscuro, imposible adivinar qué hora era. Voy a tu almacén y ni bien entro hay algo raro. Un chico te da indicaciones medio a los gritos, tiene los brazos cruzados en el mostrador y adelanta el cuerpo con un estiramiento infantil pero invasivo, vos buscás algo en la estantería más alta y a la vez tratás de no perder contacto visual con él ni por un segundo. Estabas alerta y se notó que fue un alivio que yo entrara. Después llegan algunos clientes más y el formato novedoso de tu cara vuelve a la mueca regurgitante habitual. El chico te había hecho buscar un sabor en especial de jugo en sobre allá en los confines de tu almacén y vos creíste que iba a robarte. Un chico bajito y descarado que te redujo a un ser temeroso, sin herramientas para enfrentarlo. Para cuando se va somos cuatro los clientes acumulados y él está enojado, a su paso tironea de la remera de un hombre que no dice ni hace nada, queda desconcertado acomodando sus anteojos en un acto automático. Qué es eso, me pregunto, tu reacción y la del hombre de anteojos, la parálisis, la aceptación de la agresión, qué es eso, hay un instinto que me hace mirarlos fijamente a los dos.
Te pido dos prepizzas, unas papas bum y un purafruta de manzana verde. En un solo movimiento amplio sacás de una heladera el par de prepizzas que quedan sobre el mostrador,  hay una música celofanosa y un reflejo tan nítido en el vidrio de la heladera que alcanzo a ver que las prepizzas tienen hongos. Sin hablar te señalo esta cuestión y vos indignada culpás a las chicas que envasan las cosas cuando todavía están tibias. Porque la fecha de vencimiento está bien, vos me decís, yo corroboro y muevo la cabeza asintiendo con mucha seriedad. Abrís de nuevo la heladera, sacás una pila de muchísimas prepizzas y vas a buscar las que no tengan hongos, hay un desfile de mohos recientes, idénticos, un verde desagradable sólo en el contexto de panificado, me doy cuenta del temblequeo de tus manos. Vos te das cuenta de que me doy cuenta y se te hace imposible seguir con la examinación, en un momento de sinceridad dejás caer las prepizzas y hay mucha música celafonosa que es ridícula y me hace sonreír una sonrisa tensa, hay un derrumbe de prepizzas desde el mostrador y el golpe de tus manos que temblaban y ahora se hicieron fuertes y yo sonrío y levanto las cejas, inclino mi cabeza para un costado y te miro a través de mis lentes y de los tuyos y los demás clientes están inmóviles y calladísimos, el hombre que acomodó sus anteojos necesita acomodarlos de nuevo y hasta contagia a otro hombre que también acomoda sus anteojos, esto lo puedo ver porque hay un espejo enorme que en algún momento tuvo una inscripción en pintura amarilla y azul y ahora está como el fantasma de esa inscripción, y noto que todos ahí tenemos anteojos. Vos no parecés preocupada por levantar las prepizzas del suelo, si no fuera por tus ojos vidriosos serías una estatua. Hay un silencio que supongo dura mucho y al final digo: te quedaste mal. Ni me mirás, estás ida, se te desataron unas emociones fuertes que llevabas comprimidas me parece, te brotan lágrimas que hacen el camino obvio para abajo pero confluyen con una boca que se ríe. Ya no sos estatua, sos un foco energético sobrellevando su incongruencia. Muy en eso estás cuando otro de  los clientes interviene, trata de calmarte diciendo que no pasa nada, que el chico no te pudo robar. Vos reís y llorás y te dirigís a él frunciendo tu cara en ángulos nuevos. Decís: por eso. Se te pasó un poco el estado volcánico y podés comunicarte. Decís: está mal si me roba y está mal si no me roba. Justo después recobrás tu personaje, tu voz cambia, te volvés lejana y casi cordial, hablás de prepizzas. Los clientes también, prepizzas y gaseosas y precio de aceitunas.
Entre todos forzamos la normalidad y quedamos medio a salvo, medio incómodos. Una secuencia que conocemos bien. Podés donar a médicos sin fronteras, donar a unicef capaz, y es lo mismo, vas por la calle y sentís que nenitos pobres te pisan los talones, te apurás y tomás un sorbo grande de tu mokaccino y si tratás de no pensar es peor, te reconocés en la tibieza, en lo artificial, en las huellas digitales pegajosas que marcan territorio en un vaso descartable.
Camino una cuadra y escucho el canto mántrico del borracho que anda por el barrio. Está sentado en la vereda  con las piernas estiradas agitando circularmente su tetra brik con la mano izquierda y por supuesto se sacó las zapatillas. La piel de sus pies es color vino tinto, tiene el pelo blanco, abundante como el de un adolescente. Lo veo y largo algo como una carcajada porque está tomando un purafruta de manzana verde. Hoy en su canto descubro las palabras: arenosa, merluza y novia del patón.


No hay comentarios: